A veces secretamente, me recrimino cuando descubro que me dejo llevar por la tendencia generalizada de expresar algún comentario pesimista, ante lo que puede parecer algo negativo. ¿cómo si supieramos que sucesos a la postre son negativos y cuales positivos? Y me gusta recordar una máxima que dice que quien desea conseguir un buen equilibrio interior debería comenzar dominando sus emociones; no hundirse en la desesperación ante la adversidad ni explotar de felicidad ante los sucesos aparentemente favorables. Os pongo este viejo cuento que siempre me gustó:
"Vivía un hombre ya mayor en un pueblo de china. Se ganaba la vida realizando las tareas del campo. Un día, el único caballo que poseía para arar la tierra, se le escapó al monte. Los aldeanos cuando se enteraron de esta noticia acudieron a darle su pesar diciéndole:
-Vaya, que mala suerte.
Y él respondió:
-Mala suerte, buena suerte ¿quién sabe?
A los pocos día, una mañana, ante los ojos asombrados de los aldeanos, el caballo regresó con su dueño trayendo tras de sí toda una manada de caballos salvajes. Los aldeanos esta vez fueron a darle la enhorabuena diciendo:
-Vaya, que buena suerte.
A lo que el anciano respondió:
-Buena suerte, mala suerte ¿quién sabe?
Este anciano tenía un hijo que le ayudaba en las tareas. Un día, sin que lo viese su padre se atrevió a montar uno de los caballos salvajes, con tan mala fortuna que en el intento se rompió una pierna. Cuando en la aldea se enteraron de lo sucedido acudieron a expresar sus condolencias diciéndole:
-Vaya que mala suerte.
Y reiteró su conocida respuesta:
-Mala suerte, buena suerte ¿quién sabe?
Tres días después unos militares se acercaron a la aldea reclutando a cuantos jóvenes se hallaban disponibles. El hijo del anciano, hallándose convaleciente, no fué requerido. Nuevamente los vecinos se dijeron:
-Que buena suerte
El anciano les respondió como ya podeís imaginar con su consabida respuesta:
-Buena suerte, mala suerte... ¿quién sabe?"
"Vivía un hombre ya mayor en un pueblo de china. Se ganaba la vida realizando las tareas del campo. Un día, el único caballo que poseía para arar la tierra, se le escapó al monte. Los aldeanos cuando se enteraron de esta noticia acudieron a darle su pesar diciéndole:
-Vaya, que mala suerte.
Y él respondió:
-Mala suerte, buena suerte ¿quién sabe?
A los pocos día, una mañana, ante los ojos asombrados de los aldeanos, el caballo regresó con su dueño trayendo tras de sí toda una manada de caballos salvajes. Los aldeanos esta vez fueron a darle la enhorabuena diciendo:
-Vaya, que buena suerte.
A lo que el anciano respondió:
-Buena suerte, mala suerte ¿quién sabe?
Este anciano tenía un hijo que le ayudaba en las tareas. Un día, sin que lo viese su padre se atrevió a montar uno de los caballos salvajes, con tan mala fortuna que en el intento se rompió una pierna. Cuando en la aldea se enteraron de lo sucedido acudieron a expresar sus condolencias diciéndole:
-Vaya que mala suerte.
Y reiteró su conocida respuesta:
-Mala suerte, buena suerte ¿quién sabe?
Tres días después unos militares se acercaron a la aldea reclutando a cuantos jóvenes se hallaban disponibles. El hijo del anciano, hallándose convaleciente, no fué requerido. Nuevamente los vecinos se dijeron:
-Que buena suerte
El anciano les respondió como ya podeís imaginar con su consabida respuesta:
-Buena suerte, mala suerte... ¿quién sabe?"
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